martes, 30 de julio de 2013

Caos.

Me gustaba porque me reñía cuando se me veían las bragas, supongo que pensaba que sentarse de esa manera en aquel local no era algo propio de una señorita de dieciocho años; pero a mi me hacía reír. Sabía que debajo de esa máscara de tío borde se le llenaban las ganas de besarme y creo que allí estaba yo para desbordarlas. Y sabía, además, que cuando le mostraba mi sonrisa traviesa él también sonreía por dentro y en su mente hacíamos un huracán de gemidos. Y yo a veces soñaba. Soñaba que sus manos eran como dos mariposas que juegan a posarse en mi cuerpo con toda la delicadeza del polvo de sus alas, y claro, vaya cursilada -pensaba yo. Pero él me decía que hasta el aleteo de una mariposa puede cambiar este puto mundo. Y yo le tapaba la boca, mientras me enganchaba a su espalda, para que se callase de una vez y no se enganchara también mi corazón.

A veces también hablábamos del paso del tiempo. Yo decía que era algo fijado y establecido y él renfunfuñaba y argumentaba en mi contra. Me ponía. Y me hablaba del Caos, de que el mundo no sigue estrictamente el modelo del reloj, de que todo puede cambiar en un par de horas, como un tren que se marcha y no vuelve.

Y supongo que tenía razón, pero estaba claro que yo no iba a dejarme ganar, así que me hacía la indignada mientras le enseñaba mis bragas.

6 comentarios:

  1. Que genial la manera en la que escribes. Has echo que le viera sentado en frente. Y si, aunque lo disimulo, seguro que le gusta verle las bragas.

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  2. Me encanta este escrito.
    La relación que guardan ambos, la picardía, los dos mundos.

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  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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